Homilía para el Domingo Vigésimo Noveno del ciclo litúrgico (B)
18 Octubre 2009
Lectura: Is 53,10-11
Evangelio: Mc 10,35-45
Autor: P. Heribert Graab S.J:
“¡Camarilla” no es una especialidad sólo de Colonia!
Evidentemente los discípulos de Jesús dominaban ya este método de procurarse ventajas secretamente y por medio de las relaciones.

En la redacción de Mateo del Evangelio de hoy queda aún un poco más claro:
* Ambos “compinches” Santiago y Juan
temían naturalmente que lo supiesen todos
y por eso tomaron a parte a su maestro,
aún cuando el diálogo judío no tuvo lugar
con uno de “Colonia” .
* Además se cuenta en Mateo
que los dos añadieron como refuerzo a su madre:
Ésta tuvo que exponer la auténtica petición.
* Y como sucede con frecuencia entre los compinches:
Alguno se fue de la lengua y la historia salió a la luz.
El enojo estaba preprogramado.

Ahora Jesús aprovecha esta enojosa situación
como ocasión para impartir a todos en conjunto
–y también a nosotros– una lección,
la cual con claridad no permite desear nada.
Se trata del “Reino de Dios”.
Todo Israel lo esperaba con nostalgia
bajo la opresora soberanía de los romanos.
El Reino de Dios venidero formaba el núcleo
del mensaje de Jesús.
Muchos creían que este Jesús finalmente
realizaría hechos
Ya en la multiplicación del pan quisieron aclamarle como Rey oficialmente
y así dar el paso decisivo.

Con este fondo, los hijos del Zebedeo olfatearon
aire matinal:
Ahora nosotros sólo necesitamos poner en juego nuestras “relaciones”.
Después tendremos un puestecito muy influyente
“en la cárcel”.

La lección de Jesús suena ahora:
El Reino de Dios funciona de forma radicalmente diferente a todos los sistemas usuales de dominio político.
“Vosotros sabéis”, dice Él
que aquellos, que son válidos como soberanos,
oprimen a sus pueblos
y los poderosos abusan de su fuerza con las personas.
Pero entre vosotros no debe ser así,
sino que el que quiera ser grande entre vosotros,
debe ser vuestro servidor,
y el que quiera ser el primero entre vosotros,
debe ser el esclavo de todos.”

El “Reino de Dios” hace imposibles los principios de este mundo.
Y verdaderamente también es obvio que
¡tiene que ser así!.
¡Pues cuánta opresión y abuso,
cuánta injusticia y falta de paz,
cuánta necesidad y miseria humana
producen las estructuras de dominio universales,
hasta el día de hoy!
Y esto no sólo en política,
sino también en economía,
en la vida profesional,
e incluso en muchas familias
y en las relaciones interhumanas.
sólo tomemos como ejemplo
la miseria de todas aquellas mujeres y niños,
que finalmente buscan refugio en las casa de acogida.

Para todo esto, el Reino de Dios, que Jesús anuncia,
para todo esto la soberanía de Dios
es una esperanza que crea alternativas.
“Toda soberanía de los seres humanos
sobre los seres humanos se pone, por principio,
en cuestión.”
“La soberanía de Dios es base de una esperanza,
que parece ser refutada con frecuencia
por la experiencia de los seres humanos
con su historia;
pero da a las personas el valor,
para interpretar la vida no como algo sin sentido y absurdo;
la falta de sentido y el absurdo
fueron vencidas en la Cruz y en la Resurrección.”

Con esta cita del programa básico
precisamente de una asociación católica de jóvenes
se ha tendido el puente del mensaje de Jesucristo
del Reino de Dios hacia Su Persona y hacia Su Vida.
En Él se ha hecho tangible y experimentable
el Reino de Dios.
En Su Muerte, en Su Cruz y en Su Resurrección
la soberanía de Dios y su perfección en este mundo
tienen un fundamento indestructible.

¡De ningún modo la Cruz y la Pasión tienen sentido en sí mismas!
Se trata de algo muy diferente:
Este Jesús, al que llamamos Cristo,
vive la justicia y el pacifismo,
la filantropía y el amor
del Reino de Dios hasta su última consecuencia.

Ciertamente Le hubiera sido posible,
-si Él lo hubiera propuesto a tiempo-
movilizar a Sus partidarios.
Por un alto precio de sangre, ellos posiblemente
hubiesen podido impedir Su Muerte.
El propio Jesús dice a Pilatos:
“Mi reino no es de este mundo.
Si fuera de este mundo
mi gente habría combatido,
para que Yo no fuese entregado a los judíos.
Pero mi Reino no es de aquí.” (Jn 18,36)

Y antes ya Le había dicho a Pedro:
“Vuelve tu espada a su sitio…
¿O no crees que Mi Padre me enviaría en seguida
más de doce legiones de ángeles,
si Yo se lo pidiese?” (Mt 26,52 s)

Por consiguiente, se trata de permanecer fiel
en esta última situación sin salida a la propia misión
y al principio fundamental del Reino de Dios
y de arriesgar por esto la propia vida.
Así se cumple en Jesús el destino
del “Siervo sufriente de Yahwe”.
El “plan del Señor”, la plenitud de Su Reino,
tiene éxito por medio de Él.
Él no sólo divisa la luz,
a través de la obscuridad del Viernes Santo;
Él mismo es la Luz,
y Su “Luz ilumina en la tiniebla” (Jn 1,5)
- hasta el día de hoy y en todo futuro
hasta el final de este mundo.

En ello se fundamenta nuestra esperanza
y en que la falta de sentido y el absurdo
se superaron en la Cruz y en la Resurrección.
Por ello, también debiéramos decir nosotros
con la segunda Lectura:
“Mantengamos la confesión de fe en Jesús,
el Hijo de Dios, que ha atravesado el cielo.
Por eso, acerquémonos llenos de seguridad
al trono de la gracia,
para que nosotros encontremos misericordia y gracia.”
Por la fuerza de esta misericordia y de esta gracia,
también nosotros podemos vivir el “Reino de Dios”
-ya aquí-
y finalmente también hallar nuestra propia realización en la perfecta “soberanía de Dios”.

Amén.