Homilía para la Fiesta de la Transfiguración del Señor (B)
6 Agosto 2006

Evangelio: Mc 9,2-10
Autor: P. Heribert Graab S.J.
“¿Se puede coger el sol?
¿Algo así como capturan los niños las mariposas con una red?”

“¡No! ¡Naturalmente, no! ¡Es demasiado grande!

De esta forma han contestado los niños a esta pregunta hoy por la mañana en la Misa.
Y, sin embargo, los niños de todas las épocas capturan el sol – o como mínimo sus rayos.
Con pequeños espejos hemos irritado a nuestros profesores en clase.

Los científicos han aprendido de los niños:
Éstos recogen los rayos del sol por medio de colectores solares –
para transformar la energía solar, por ejemplo, en corriente eléctrica.

Desde hace mucho tiempo el sol tiene algo divino:
“invictus Sol” – era para los romanos
el “Dios Sol invencible”.
De los antiguos, los cristianos han tomado:
El sol ya no es para ellos Dios mismo,
pero sí una imagen para la Luz divina dadora de vida y para el agradable calor que sale de él.
Desde los primeros tiempos, los cristianos han orientado sus iglesias hacia el Oriente –
a la vista del sol saliente.

Jesús camina con algunos de Sus discípulos hacia una alta montaña – “al encuentro del sol”.
Y allí arriba es envuelto y transformado por la luz divina del sol, de modo que todos le pueden ver:
Incluso: “Sus vestidos eran de un blanco resplandeciente, tan blancos como no los puede poner ningún batanero de la tierra”.

Los artistas han retenido siempre esta escena, representando a Cristo en la gloria de una aureola semejante al sol.
Cantos y oraciones celebran al Resucitado en la clara Luz del sol pascual,
como “Sol de justicia y amor”,
como “Luz de verdad y de paz”.

Pablo dice de Cristo, que se le apareció en el camino hacia Damasco y transformó su vida radicalmente:
“Yo vi en el camino, en el centro del día una Luz venida del cielo, más resplandeciente que el sol, que me envolvió a mí y a mis compañeros en su resplandor.” Hch 26,13

Y el Apocalipsis de Juan dice del Hijo del Hombre que Su rostro “brillaba como el sol resplandeciente”.              Ap 1,16

Una noción de esto tuvieron los tres discípulos, que subieron junto con Jesús a la montaña.
Fue para ellos una experiencia tan imponente,
que dijeron al momento con gusto:
“¡Quédate! ¡Es tan hermoso!”

Jesús les denegó el que “construyesen tiendas”.
Para Él es importante otra cosa:
Esta experiencia de la Luz divina en Jesús,
su Maestro, debe darles fuerza y consuelo en su vida diaria y, sobre todo, en las horas obscuras,
que les van a salir al encuentro con Él.

Más aún: Deben transmitir esta experiencia como alegre mensaje a todos los seres humanos – hasta el día de hoy.
•    Jesucristo es la Luz que ilumina a todos en la obscuridad de este mundo.
•    Jesucristo es la Luz que también os puede dar orientación a vosotros en la variedad desconcertante de vuestra vida.
•    Jesucristo es la Luz
que sigue regalando el calor y la seguridad del amor de Dios a todos vosotros y también a ti.

Volvamos de nuevo al espejo de mano de nuestros niños:
Éste captura los rayos del sol –
no para quedarse con ellos
sino para transmitirlos.
El ser humano Jesús de Nazareth también recibe la Luz de Dios mismo, al que Él denomina Su Padre.
Éste Le penetra con Su Luz divina y Le revela como “Su Hijo amado”, al que nosotros
también debemos y podemos escuchar.

Por consiguiente, Jesús transmite esta Luz divina;
No sólo en ese momento a aquellos discípulos
que son los testigos inmediatos del suceso,
sino durante toda su vida siempre por medio de aquello que Él anuncia a los seres humanos, así que para ellos “abre una Luz”.
Transmite esta Luz divina a través de todo lo que Él hace;
sobre todo por medio de Su actuar curativo y reconciliador a los pobres, a los enfermos y a los réprobos.

Incluso Él intenta con su Luz divina iluminar a los poderosos, por desgracia en la mayor parte de los casos en vano, “que oprimen a sus pueblos y abusan de su poder sobre los seres humanos”.
Se enojan desmesuradamente
porque su cálculo sucio con poder y riqueza sólo puede salir bien en la obscuridad.

Por el Bautismo y la Confirmación también nosotros estamos llamados a transmitir como un espejo la resplandeciente y feliz Luz de Jesucristo a todas las personas que encontremos.
En primer lugar y sobre todo naturalmente a aquellos con los que tenemos responsabilidad inmediata, sobre todo a nuestros hijos.
Pero después también a nuestros vecinos y amigos,
así como a nuestros colegas y compañeros de estudios.

Es un error agravante de nuestra época
creer que la religión es asunto privado.
Para nosotros es más o menos natural,
que tengamos responsabilidad mutua en las relaciones seculares, por ejemplo, en la circulación.
Sin embargo, la circulación es una bagatela en comparación con el éxito fundamental de nuestra vida humana.

De ello se trata en el mensaje evangélico.
Por consiguiente, cuanto más tenemos que asumir la responsabilidad como creyentes
y no en último lugar con aquellos que están en búsqueda de la verdadera Luz en la obscuridad y en el caos de la época
o que se han metido en un callejón aparentemente sin esperanza.
¡Para Jesucristo no hay casos desesperados!
¡Cobremos ánimo
y finalmente vivamos nuestro Bautismo y Confirmación!

Amén.