Homilía  para el Domingo de Cristo Rey, ciclo litúrgico “B”
25 Noviembre 2012
Lectura: Dn 7,2a. 13b-14
Autor: P. Heribert Graab S.J.
Ya hemos constatado a menudo en la contemplación de los textos de la Escritura,
lo importante que es para una comprensión correcta,
mantener separado de su segundo plano cultural y temporal el verdadero contenido de la revelación
- por tanto, la declaración de la fe-.

Pero esta diferenciación es no sólo necesaria en los textos de la Escritura,
sino precisamente más cuando se trata del anuncio de la fe en épocas posteriores.

Concretamente hoy se trata de comprender el significado de la fiesta de Cristo Rey para nuestra fe.
También tenemos que dejar claro,
lo que nosotros como creyentes cristianos
pensamos realmente cuando denominamos a Cristo, el ‘Rey’ y hasta qué punto la comprensión de esta palabra de ‘Rey’ se mezcla con contenidos históricos
cambiantes.

En primer lugar, no va a ningún sitio,
que esta palabra ‘Rey’ tenga sobre todo
un significado político.
Pero, al mismo tiempo, tampoco va a ningún sitio,
que Jesús mismo proteste contra la interpretación política de Su reinado.
Una vez, estando con una multitud que lo quería hacer Rey, huyó. (Jn 6,15)
Otra vez, en Su interrogatorio ante Pilatos, dice:
“Mi reino no es de este mundo.” (Jn 18,36).
Después de esta clarificación Él añade a la demanda de Pilatos:
“Tú dices que Yo soy Rey”, para añadir a continuación:
“Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para que Yo dé testimonio de la verdad.”
(Jn 18,37).
Naturalmente Pilatos piensa totalmente en las categorías de este mundo y comprende el Reino como institución política.
Así es más que comprensible su observación final:
“¿Qué es la verdad?”
 (Jn 18,38).
Pilatos no se puede imaginar fácilmente un Reino, que se comprometa con la verdad.
Y yo pienso: ¡él no está solo en esto!

Probablemente por este motivo, Jesús evita denominarse a Sí mismo ‘Rey’ y tampoco permitir que otros lo hagan.
Jesús prefiere hablar de Sí mismo como
“Hijo de Hombre”.
Cambia a este título mesiánico de la tradición,
por ejemplo, cuando Natanael Le llamó el
“Rey de Israel” (Jn 1,49-51).
También Jesús comienza Su famoso discurso del Juicio con las palabras:
“Cuando el Hijo del Hombre venga en Su gloria…
entonces se sentará en el trono de Su gloria.”
Entre estos signos del tiempo final, en lo sucesivo Jesús puede decir sencillamente ‘Rey’.

Por consiguiente, Jesús subraya continuamente
el carácter definitivo de Su mensaje “del Hijo del Hombre al trono de Su gloria”.
En consecuencia, nosotros podemos hablar abreviando sobre el Reinado de Cristo,
pero continuamente con ello nos exponemos a una mala comprensión, que el propio Jesús quería evitar a todo trance.

Con este fondo ahora es muy interesante una meditación sobre la festividad de Cristo Rey:
Esta fiesta fue implantada en 1925 por Pío XI.
El Papa perseguía con ello una meta absolutamente mundana.
Se trataba de un contrapunto a la progresiva secularización, concretamente la ‘soberanía
de Cristo’ en las familias, en la sociedad
y en las instituciones estatales.
Se trataba además de oponerle a la pretensión
de poder total del fascismo.

En Alemania sobre todo fue entendido ‘Cristo Rey también en el contexto de la antigua institución germánica de los ‘seguidores’:
Los cristianos y sobre todo la juventud
se comprendieron a sí mismos como seguidores,
que en una fidelidad sin condiciones y hasta la entrega de la propia vida querían estar con Cristo,
su Señor.
Esta ideología se manifestó con banderas
que ondeaban y con desfiles vestidos con camisas blancas en el llamado día de la juventud, en el día de Cristo Rey.

Los nazis después sólo tuvieron que cambiar los símbolos de las banderas y los colores de las camisas
para su “¡Führer manda! Nosotros te seguimos.”
Nada pudo poner más claramente ante los ojos
cómo Jesús temía con razón el mal uso de la palabra Rey.

Pero, sobre todo ahora tenemos que encontrar la respuesta a una pregunta:
¿Qué puede significar hoy para un creyente
Cristo Rey?
¿Cómo actúa el ‘reino’ final de Jesucristo en nuestro mundo y en nuestra época?
¿Se puede unir de forma razonable la idea de Rey acuñada de modo autoritario con el pensamiento democrático de nuestro entorno?
El discurso del ‘reinado definitivo’ de Jesucristo quiere decir:
Toda la creación pone su mira en su plenitud
en la eternidad de Dios.
Entonces Jesucristo será todo en todo.
Toda la realidad se orienta hacia el criterio
de que Él, mediante la revelación del amor de Dios,
lo ha hecho definitivo.
Como Dios encarnado, como ‘Hijo del Hombre’, forma Él un puente entre el tiempo y la eternidad.
El tiempo y cada instante de la vida en el tiempo
es abrazado ya aquí y ahora por la eternidad de Dios
y ‘conservado’ en Su amor.
En este sentido se puede decir totalmente:
Jesucristo ‘reina como Rey’ en el tiempo y en la eternidad.

Pero concretamente se dice:
Él nos invita o incluso nos empuja a decir ‘si’ en libertad, para una vida, que está marcada por Su amor.
Orientaciones para una vida así las encontramos en Su propia vida temporal, por tanto, en Su Evangelio y en todos los escritos del Nuevo Testamento,
que respiran el Espíritu de Su Evangelio.
Más de uno se puede asombrar de cuantas de estas orientaciones en gran parte corresponden a una cultura desarrollada democráticamente.

Yo quisiera en primer lugar citar la Primera
Carta de Pedro:
“Todos vosotros, los que creéis, sois un linaje elegido, un sacerdocio real, un pueblo santo,
que fue de Su especial propiedad, para que anuncie Sus hazañas, que os ha llamado de las tinieblas a Su luz admirable.” (1Pe 2,9).
Apenas se puede expresar de forma más bella
el principio de igualdad democrática:
Todos somos como creyentes y bautizados en la Iglesia de Jesucristo ‘reyes’ y ‘sacerdotes’
- naturalmente también ‘reinas’ y ‘sacerdotisas’-
en todo caso elegidos y llamados para el anuncio
- sin diferencia.

No se trata en primer lugar de unas estructuras democráticas en la Iglesia
-sobre esto no hablamos hoy;
aquí se trata sobre todo de actitudes:
Se trata de disposición, de responsabilidad
para aceptar,
también de atención ante los derechos de colaboración de otros y naturalmente del respeto
a la opinión de otros –una unidad fundamental presupuesta sobre lo no votable de la fe.
Con que sólo se tome como base este breve texto de la Carta de Pedro, que habla en plural del ‘nómada pueblo de Dios’, resultan consecuencias como disposición para escuchar unos a otros, tolerancia, solidaridad y mutuo trato de igual a igual.

En este contexto es muy importante la enseñanza de Jesús sobre el mandar y el servir (Mc 10,35-45):
“Sabéis que los que gobiernan oprimen a sus pueblos y los poderosos abusan con su poder
de las personas.
Pero entre vosotros no debe ser así,
sino que quien quiera ser el más importante,
debe ser vuestro servidor…”
También aquí se trata en primer lugar de actitudes,
y de actitudes con todos los que pertenecen a la comunidad de Jesucristo,
de qué servicio hacen siempre y de qué función de dirección ejercen.
Esto no es válido sólo ‘para los de arriba’
sino también para los ‘pequeños’ cargos honoríficos de la comunidad.

Todos nosotros somos ‘reyes’ y ‘reinas’ en la comunidad con Cristo, el Rey,
que no cabalga de forma todopoderosa un caballo espléndido,
sino que se sienta en la entrada en Su ciudad real sobre un sencillo asno, el animal de tiro de la gente humilde.

Así los Evangelistas pueden citar la promesa:
“Decid a la hija de Sión:
Mira, tu rey viene a ti,
humilde y sentado en un asno,
en un pollino,
cría de un animal de carga.” (Mt 21,5).

En este sentido, yo quisiera invitarles hoy:
¡Siéntanse en la Iglesia como reyes!
¡Acepten responsabilidad!
Pónganse al servicio del bien común,
de la ‘soberanía de Dios’ venidera.

Amén.